Llegan estas fechas de nuevo como alfileres agrediendo mi alma.
Aunque no te escriba a menudo, en mi día a día, siempre estás tú.
En cada acto, en cada añoranza, en cada cosa bella que vivimos con tu hermana, y que sin embargo no la puedes vivir tu.
Podrán pasar 100 años, pero tú, Lucía siempre arderás como una llama viva en mi corazón.
Mi pensamiento te hace vivir muy cerca de nosotras, y con un orgullo profundo sonrío melancólicamente cuando Irene señala cualquier imagen tuya que ve por la casa, diciendo "Mira mamá, Lucía... está en el cielo y tiene alas".
Aprendí a vivir sin tí, a seguir mi camino sin tu presencia física, a volver a ser feliz cuando llegó tu hermana, y a volver a reir a carcajadas cuando creía que jamás podría volver a hacerlo.
Pero aprendí, que tu vivías conmigo de otras mil formas distintas, y cuando te necesitaba cerraba los ojos fuerte, abrazaba mi vientre y rememoraba los momentos que viví contigo.
Aprendí a aceptar que no estabas y que no estarías conmigo nunca, y que tenía que seguir mi camino sin más lágrimas, sin hacerme daño rememorando una y otra vez nuestro trágico amor truncado en la tierra.
Pero aunque aprendí todo eso, cuando llegan estas fechas, me duele mucho, me duele el alma. Así que cada año, a las puertas de la Navidad, esas fechas tan maravillosas para otros, para mí se me empañe el alma un poquito llena de lágrimas porque vuelve a pasar un año más que te fuistes. Me afecta mucho, pero saco mi máscara.
Y no me queda más remedio, que seguir, que hacer como si no me afectase tanto porque Irene me necesita. Y es más consciente del significado de las cosas. Y ella necesita que su mamá la haga feliz también y le muestre la mágia de estas fechas que por desgracia yo ya perdí. Y yo sé que es exactamente lo que tu quieres que haga.
Como siempre, hija mía, gracias por darme fuerzas para seguir...
Te quiere hoy y siempre,
Mamá
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